Soñé que corríamos por unos aparcamientos. Los que están frente a la casa de mis padres. Tú llevabas una especie de códice, un pergamino de oraciones escritas en judío que acabábamos de robar. Nos perseguían dos jóvenes ataviados con unas togas blancas que el aire ceñía a sus cuerpos. Pero yo asía amenazador una descomunal y absurda cimitarra y se limitaron a adelantarnos cuando llegaron a nuestra altura. Les pinché la espalda una vez que nos sobrepasaron, jugueteando, y nos divirtió mucho la situación a los cuatro. Ahora yo llevaba el códice en mi regazo. Seguíamos corriendo sin avanzar demasiado. Te giraste hacia mí y vi en tu cara que algo no iba bien. Nuestro botín se había convertido en una semilla gigante y podrida. Cayó al suelo en mi sobresalto, lenta, como una pluma corrupta. Busqué por el suelo, aterrado ante mi pérdida. Busqué entre mi ropa y mis dedos y en tus pupilas brillantes y acuosas. Miré hacia atrás el camino recorrido. Una extraña figura, también cubierta de refulgente tela blanca, sostenía el libro, o los pergaminos, o el rollo sagrado o lo que aquello fuera. El corazón me iba a estallar. Cada vez se definía más su cara y sus manos y las letras que señalaba en el códice con un fibroso y delgado dedo. Era un poema. Y era Jesucristo quien me juzgaba con un gesto de tristeza infinita. Todos los versos comenzaban por la única palabra que pude reconocer. “Decadencia”. Vi sus manos temblar La culpa me despertó empapado en sudor.
Imánes de "Stalker", de Andrei Tarkovsky, 1979.
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