La sala era grande y circular. Una sala de celebraciones un tanto oscura. A través de enormes ventanales podían verse discontinuos paisajes. Había uno nevado y otro más otoñal, con árboles de ramas desnudas. Allí estábamos unos diez hombres, cada uno sentado en una silla. Había quien apoyaba su cabeza en sus manos y sus brazos en las rodillas. Con la intención de que pareciese que teníamos cosas que hacer, o quizás para amenizar la posible espera, de vez en cuando alguno de nosotros ponía en pié a los demás y los repartía aleatoriamente por la sala o bien los colocaba en fila india. También nos poníamos uno enfrente del otro y simulábamos hablar, pero como no había nada que decir sólo movíamos las bocas. Después cada uno vovía a su silla. El muro vibraba desde el exterior con una música amortiguada e inidentificable.
Es el sueño más prolongado en el tiempo que recuerdo. Diría que estuvimos así tres o cuatro horas. Aunque puede que sólo fuesen tres segundos.
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