"La vanidad de la escritura, del verbo, de la tragedia, de la autocompasión. Nada hace un llanto tan ridículo como un espejo."

sábado, 18 de agosto de 2012

La sala era grande y circular. Una sala de celebraciones un tanto oscura. A través de enormes ventanales  podían verse discontinuos paisajes. Había uno nevado y otro más otoñal, con árboles de ramas desnudas. Allí estábamos unos diez hombres, cada uno sentado en una silla. Había quien apoyaba su cabeza en sus manos y sus brazos en las rodillas. Con la intención de que pareciese que teníamos cosas que hacer, o quizás para amenizar la posible espera, de vez en cuando alguno de nosotros ponía en pié a los demás y los repartía aleatoriamente por la sala o bien los colocaba en fila india. También nos poníamos uno enfrente del otro y simulábamos hablar, pero como no había nada que decir sólo movíamos las bocas. Después cada uno vovía a su silla.  El muro vibraba desde el exterior con una música amortiguada e inidentificable.
Es el sueño más prolongado en el tiempo que recuerdo. Diría que estuvimos así tres o cuatro horas. Aunque puede que sólo fuesen tres segundos.

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