A pesar de la absoluta necesidad de las reformas planteadas por el movimiento del 15M, o los indignados o como quieran llamarlo (algo diluido después de un mes de alcanzar su punto álgido), he de decir que las revoluciones no se alimentan de guitarras y aplausos sileciosos, sino de adoquines e ira. Que necesitan de una masa obrera hambrienta que las soporte y no de un puñado de jóvenes con las espaldas aún cubiertas por sus padres.
El día en el que estas reivindicaiones y quienes las sustentan movilicen a más personas que el futbol comenzaré a mirar con atención y a creer en su verdadera fuerza. Pero para ello creo que aún queda tiempo. Más aún viendo como la indigación ha ido desapareciendo progresivamente de los perfiles de las redes sociales.
Ojalá me equivoque.
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